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EL DEMONIO EN LA TIERRA

 

 

 

por: Yelinna Pulliti Carrasco

 

 

 

 

- ¡Ah! ¡Amo, ha venido!

- Justo el lugar en el que esperaba que terminaras - dijo y empezó a reír.

- ¡Oh, Amo, no se burle! - aullé y me arrojé a sus pies - ¡Le ruego muestre compasión hacia su humilde sirviente!

- Deliberadamente acortaste tu condena, despreciable escoria. Te sentencié a un siglo viviendo en la Tierra, como un humano más, y en menos de tres décadas has conseguido que te sentencien a muerte.

- Usted no sabe lo que es habitar en este mundo terreno y arrastrar sobre él un cuerpo mortal. ¡Preferiría estar en el lago de Azufre con esos sucios criminales pero... ¡la Tierra!

Rompí en llanto.

- Es cierto, no sé lo que es estar en la Tierra y tener que cargar un cuerpo, por eso quiero que tú me lo digas.

- Mi Señor de las Tinieblas - logré articular - No es como allá, en los dulces Infiernos, donde después de nuestras bestiales orgías y nuestros opíparos banquetes sólo sentíamos placer, donde gozábamos al ver a los condenados destrozarse unos a otros por nuestras migajas pisoteadas... aquí no es así. Después de dos noches de juguetear salvajemente con las humanas más insaciables ya no me tenía en pie. Después de un día de glotonería mis vísceras parecían querer estallar. Sufro tanto por el sueño y la fatiga como por estar encerrado en esta miserable celda. Antes de ser enviado a este mundo podía estar en cualquier lugar con sólo desearlo, aquí me tengo que reventar de cansancio buscando un poco de abrigo, un mísero agujero dónde reposar mi cabeza.

- Eso te lo buscaste por desobedecer.

- ¡He tenido tiempo de sobra para arrepentirme! ¡Amo, he sufrido ya tanto! Si no es la espalda la que me duele, son mis huesos, o tengo pesadillas al dormir, o cojo un resfriado. Ya no puedo soportarlo más ¡Me estoy volviendo loco! ¡Reducido al estado humano, al estado animal!

Mi Amo, Rey de los Infiernos, volvió a reír:

- A pesar de todo no me has defraudado, por ello eres uno de mis predilectos. A la primera oportunidad asesinaste y torturaste a cuantos humanos se te pusieron delante. Me enviaste muchas almas. Y por ello estás en esta celda, esperando tu ejecución.

- Oírle decir eso me hace feliz, mi Amo. Volveré a casa, con usted y jamás le volveré a desobedecer. Mientras los guardias me maniataban y golpeaban, mientras yo gritaba mis crímenes y me acusaba incluso de otros de los que era inocente, mientras el juez dictaba mi sentencia, fui el demonio más feliz que ha existido.

- Lo sé, yo estuve allí, vi cómo le escupías a tu abogado. Te puedo asegurar que pronto volveremos a ver a todos los desgraciados que estuvieron en esa sala ese día.

Rió nuevamente.

- Entonces, Amo ¡Me ha perdonado?

- Sí, por eso permití que te sentenciaran a muerte.

Me incliné hasta tocar el suelo con la frente y besé su túnica.

- ¡Gracias, mi Amo! - sollocé.

- También  me encargué que tu muerte sea dolorosa - añadió con indiferencia.

- Se lo agradezco infinitamente.

Se disponía a retirarse cuando lo detuve:

- Espere, Señor ¿Puedo hacerle una pregunta?

Me lanzó una mirada fría:

- Sí, te lo permito.

- ¿Por qué son enviados los humanos a este mundo al nacer? ¿Por qué necesitan ganarse un Cielo o condenarse para ir al Infierno? Los demonios no necesitamos condenarnos para ir Allá Abajo y los ángeles no necesitan ganarse nada.

- Lo ignoro. Puede ser que como los humanos no son ni ángeles ni demonios, Dios los envía a este mundo simplemente porque no sabe qué hacer con ellos. Ya aquí, son otros los que deciden.

Mi Amo me dio la espalda, una intensísima luz me cegó y un instante después mi celda volvía a estar completamente a oscuras.

 

 

 

 

 

 

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